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Lezaun, un viñedo lleno de vida

No es fácil poder quedar con Edorta. Bueno quedar, ni pillarlo por teléfono…¡ni siquiera por el whatsapp! ¡Esta vez lo hemos conseguido!

Siempre anda con un pie en la viña y el otro en mil historias a las que llega siempre por su compromiso militante con la tierra. A todos los niveles. Pero tiene claro que lo que a él le gustaría es estar siempre en la vina. Es su pasión desde que de críos su hermano Raul y él acompañaban los fines de semana a su padre que tuvo que emigrar a Iruñea en los 70 tras el declive de las bodegas del valle. Y es que sólo en el pequeñito valle de Deierri, a un lado de la carretera que va a Lizarra llego a haber 2000 hectáreas de viñas y 300 bodegas. Hoy en día no quedan más que 50 de las que los Lezaun trabajan 18. Impresionante la devastación causada por la avaricia humana. En esos pensamientos vamos atravesando los túneles de Erreniega, cuando al salir finalmente de ellos, podemos ver desde la altura el precioso paisaje de los valles de la Navarra media con sus viñas y pueblecitos medievales, y un gran panel que anuncia la Ruta del Vino.

Llegamos por fin al pueblecito de Lakar. No mas de 80 habitantes. En su alto esta la bodega, casa y restaurante de los Lezaun. En frente de ella el padre, Santos, pelando habas. Nos dice que le relaja. Entramos en la bodega y pegamos un grito para que Edorta aparezca como siempre con su sonrisa socarrona, contento de vernos. Nos conocemos ya desde hace algunos años y fueron nuestras largas conversaciones a la mesa, entre botellas de vino, risas y malas ostias que el proyecto de Biba Ardoak empezó a nacer en nuestras cabezas. Y es que nos hierve la sangre con la injusticia y con el mal vino.

Hacía un día impresionante así que nos fuimos directamente a dar un paseo por las viñas, en este caso por la más grande, Gazaga, de unas 10 hectáreas. Nada más llegar lo primero que nos llamó la atención fue un zumbido impresionante. No podían ser mas que abejas pero le preguntamos y riéndose nos dijo que eso era el sonido de un viñedo con vida. Era atronador. Pero no se les veía por ningún lado. Le preguntamos a Edorta a ver dónde estaban… por si acaso. Nos dijo que su primo tiene panales de abejas en la parte de arriba de la viña, algo que beneficia enormemente a la biodiversidad del entorno.

Gazaga estaba en todo su esplendor con flores y plantas aromáticas por todas partes. Como su nombre en euskara delata es un antiguo gran salar. Son suelos pobres pero profundos, con ofitas y yesos, muchos minerales. Una tierra arenosa que filtra muy bien. Para mostrárnoslo Edorta metió la mano en la tierra y arrancó un buen pedazo de hierba, tierra…¡y cacas de oveja! Y es que un pastor las suele traer a pastar entre las viñas y las ovejas a cambio fertilizan la tierra. La hierba que los Lezaun dejan crecer, en cambio, forma un acolchado que sirve de protección del sol al suelo para que esté más fresco y además crea un refugio para los insectos y la fauna.

Y en esas estábamos cuando de repente una pedazo de abeja nos coge desprevenidos y tenemos que echar a correr, pero claro ella era más rápida, se tira a la cabeza, se tira al cuello y no había forma de quitarla de encima hasta que llega el Basajaun Edorta, se nos lanza encima, la arranca de un zarpazo y acaba picándole a él en la barbilla…en fin…”un viñedo con vida”… Así que viendo el percal Edorta propuso salir de allí por patas, sabedor de que el resto de abejas estarían al llegar, y propuso que fuéramos al otro lado del montículo que está en el centro de Gazaga.

En Gazaga tienen tempranillo, cabernet sauvignon y graciano además de algo de garnacha blanca. En Aitzartea, Otsobia y Zabalartea juntan otras 8 hectáreas donde cultivan garnacha tinta y blanca principalmente.

Desde 2004 además en todas ellas hacen prácticas biodinámicas que básicamente se centran en el cuidado de la biodiversidad, la aplicación de sus propios preparados naturales y la interacción con el entorno.

Después de una buena sudada decidimos ir a la fresca, a la bodega. Allí nos esperaba Raul, el hermano pequeño, que se dedica un poco más a la bodega. En una parte de ella tienen unos grandes tanques de inox donde fermentan el mosto antes de pasarlo a la parte donde tienen toneles de madera francesa para la crianza. De paso de una parte a otra de la bodega atravesamos el antiguo lagar. Y es que la tradición vitivinícola de los Lezaun se remonta al menos a tres siglos. Eso lo atestiguan los documentos mas antiguos que tienen, de 1790.

Raul nos instala en una magnifica mesa de madera de roble en el restaurante y empieza a abrir botellas. Tienen una amplia gama de 10 vinos (además de un mosto y un vinagre buenísimos) así que nos preparamos para disfrutar. Son vinos con carácter como lo son los Lezaun. Es algo que nos gusta mucho, que se note el carácter de los viñerones en sus vinos además del terroir, claro. Y con los vinos de los Lezaun no hay duda. Son vinos sin ningún tipo de maquillaje, se presentan tal y como son, con mucha fruta, también cuerpo y complejidad, con buena acidez, los tintos con taninos finos e integrados, con vinos para beber todos los días, en la comida o el poteo (como ese 0,0 Sulfitos, natural, especialmente este de 2018 que esta tremendo o el sorprendente y premiado Maceración Carbónica, pura golosina), y vinos mas serios como el Gazaga, monte bajo en nariz, mentolado, 4 meses de barrica que le sientan estupendamente. Nunca lo comentan pero han recibido muchos premios desde que en los 90 los hermanos tomaron las riendas y fueran unos de los pioneros en viticultura ecológica en Navarra. Ya en los 2000 profundizarían esa forma y compromiso de trabajar pasando a la agricultura biodinámica. No es de extrañar por tanto que desde hace unos anos Edorta sea el presidente el Consejo de la Producción Agraria Ecológica de Navarra.

Y en esas estamos cuando aparece Loinaz, la compañera de Edorta a preguntarnos si nos quedamos a comer…que hoy tienen un chuletón de vaca vieja (ecológica evidentemente) del valle de al lado…¡ufa! ¡Como para decir que no! En el 2.000 decidieron dar un paso mas y abrirse al turismo sostenible. Así se pueden organizar visitas a los viñedos en carro tirado por caballos (¡espectacular!) y comer después en su restaurante KM0. Una de las cosas que mas nos gusta es la posibilidad de servirse uno mismo de los fudres de 3.000 litros que tienen en una bodeguita antigua a la que se accede por una puerta del restaurante.

Esos fudres, que tienen mas de 200 años, nos cuenta Edorta, eran los que había en la mayoría de las casas del valle hasta que en los 60 empieza el declive de la vitivinicultura con la creación de cooperativas que en vez de ayudar tiraran los precios por los suelos, servirán mas de autoexplotación que de otra cosa y se acabaran cerrando en los finales de los 70. Atrás quedarán siglos de historia, felices años cuando negociantes del Goierri y Sakana venían a probar los caldos locales y todos querían tener el mejor vino para que se lo compraran, y el día de la venta era una auténtica fiesta. Los Lezaun no entraron a la cooperativa pero tuvieron que emigrar a la ciudad finalmente. Aun así nunca abandonaron la vitivinicultura y con 3 hectáreas y la bodega vieja sin desmantelar, vuelven a elaborar vino en 1981 con el aita Santos a la cabeza. Así estuvieron elaborando vinos naturales y artesanales durante 10 años. A finales de los 80 plantaron viñedos nuevos y asesorados por técnicos aumentaron el empleo de insumos y productos químicos en la viña y en la bodega y así bajó la calidad de los vinos. A Edorta se le ensombrece la cara por primera vez en todo el día. A principios de los 90 se dan cuenta del desastre provocado y tras una profunda reflexión dan un giro de 180 grados y aprovechando la concentración parcelaria en su pueblo reestructuran todo el viñedo y comienzan las prácticas ecológicas y biodinámicas.

Durante la comida dejamos de hablar del pasado y les preguntamos por los planes de futuro que tienen y nos comentan que querrían cerrar el círculo eco-lógico y sostenible criando sus propios animales y cultivando más huerta para ser totalmente autosuficientes en el restaurante. Brindamos a su salud, a la nuestra y a la de todos, con el deseo ferviente de que su sueño se convierta en realidad.

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