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Gil Berzal, la Borgoña vasca

Amanece nublado en la costa atlántica. Cogemos el coche con dirección a Rioja Alavesa. Atravesamos Gipuzkoa y tras varios túneles el paisaje verde da paso de forma espectacular a una paleta de tonos ocres. Estamos en la Euskal Herria mediterránea. Tras dos horas de viaje, ansiosos por llegar, divisamos ya las primeras viñas, entre pueblecitos repletos de señales que anuncian los nombres de algunas de las mas de 300 bodegas que existen en la comarca.

A lo lejos, en lo alto, el casco histórico de Laguardia. A pocos metros de él está la bodega de los Gil Berzal. Nada mas aparcar nos llaman la atención unos enormes depósitos de hormigón. Enseguida sale Jose Luis, el padre, jubilado pero no retirado, siempre activo. Le preguntamos por los olivos que tiene delante de la bodega y a los que les cayó una buena helada la última noche que estuvimos en Laguardia el noviembre pasado. Nos dice que al final pudieron salvar las olivas. Aunque José Luis se ha dedicado la mayor parte de su vida al trabajo en la viña tuvo una juventud bastante bohemia, viajando y pintando. Llegó a exponer en numerosos lugares pero finalmente cambió el pincel por el arado. Nos dice que pasemos, que Saúl está duchándose después de haber pasado la mañana con el entrecepas.

Mientras esperamos nos entretenemos con los diseños y nombres de las diferentes botellas que están en exposición a la entrada de la casa. Están en plena reestructuración conceptual y visual de las distintas colecciones y se hace complicado entenderlo. Bromeamos con ello. Finalmente Saúl aparece, estornudando repetidamente. Tiene alergia a la hierba. Y se ha pegado toda la manaña cortándola. Menuda putada.

Cogemos el coche y nos vamos directamente a visitar la joya de los Gil Berzal, el barranco de San Julian. Allí encontramos a Benjamín, el idem de la familia, espergurando (que es como le llaman a podar en Laguardia) las viñas, unas viñas plantadas en 1930, de bajo rendimiento, a 650 metros de altitud. De ellas sale el tempranillo con el que elaboran Alma Pura, un vino espectacular, fino, aromático, elegante y mineral, marca de la casa. La viña está rodeada de higueras, hayas, robles, almendros, cerezos, guindos y una variedad de plantas aromáticas como lavanda, romero, tomillo…y hasta curry! No estamos seguros de haber entendido bien. Para flipar.

Toda esa biodiversidad es muy importante para el equilibrio de la viña, sobre todo cuando se trabaja de forma ecológica. De ese equilibrio dependerá que todo funcione, de ahí la importancia de crear un ecosistema en el propio viñedo para que la planta este sana y fuerte ante los hongos y plagas. Y aquí le paramos a Saúl, que se emociona, como no, y le preguntamos por los temidos oídio y mildiu que tanto daño hicieron el año pasado. Con su habitual calma nos responde que no hay hongos malos, ni malas hierbas, ni insectos malos. Sólo son indicadores de que algo estás haciendo mal o de un desequilibrio momentáneo. Sólo que ese desequilibrio puede arrasar la cosecha. Saúl, es consciente de que esos hongos también juegan su papel en la naturaleza y nos explica que precisamente vienen a equilibrar un exceso de humedad en ella.

Vemos en el suelo huellas de herraduras. Esta viña la trabajan con caballo. Eso es algo que les gustaría extenderlo a mas viñas. Saúl nos habla del placer de trabajar con el caballo, del ritmo pausado, de la tranquilidad que transmite. De momento, es difícil hacerlo en las 15 hectáreas que tienen. Bastante curro tienen con cuidar las viñas sin otros tratamientos que los naturales de la agricultura biodinámica y la regenerativa, como los elaborados a base de suero de leche, silice, cola de caballo… La cabeza de Saúl es un hervidero de ideas, proyectos… Nos cuenta que quiere plantar en pie franco, de que le gustaría estudiar más la importancia de los microorganismos para contribuir a la riqueza del suelo… y precisamente un corte en él, a nuestro lado, nos muestra piedra caliza y arcilla que proporcionan esa finura y taninos redondos a sus vinos.

Mientras hablamos y hablamos no nos hemos dado cuenta de la «capa del norte», termino local para llamar al Efecto Foehn, que se está formando a nuestras espaldas en la sierra de Cantabria (o Toloño). Es algo espectacular, como de película. Un manto de nubes blancas cubren precisamente como una mullida manta de lana la montaña protegiendo del calor y dando frescura a los viñedos de Saúl y Benjamín.

Todavía alucinando, cogemos el coche y nos vamos a visitar las dos hectáreas que componen la finca Valcavada, un viñedo plantado en 1995 con tempranillo y garnacha. Por el camino nos para Jose Luis, cargado de un cesto lleno de cerezas que acaba de recoger. Nos las pasa por la ventanilla del coche y antes de volver a arrancar ya nos hemos comido un buen puñado. Menudo vicio! Tan carnosas y sabrosas que no podemos parar de comer. Posiblemente las mejores qua hayamos comido nunca.

Pasamos al lado de La Pedrera, 8 hectáreas de graciano y tempranillo, que Saúl, riéndose, llama el Perrier. El verano pasado estuvo en la Borgoña, conociendo, aprendiendo, trabajando también en esa mítica denominación de origen francesa, precisamente en un viñedo llamado así. Saúl me comenta, humildemente pero convencido, de que Rioja Alavesa tiene las condiciones para elaborar vinos de igual o más calidad que la Borgoña.

Ya en Valcavada, Saúl nos apunta hacia la parte alta donde hay un rincón especial en el que la familia forma cuadrilla para recoger cuidadosamente a mano entre 1.000 y 2.000 kilos de garnacha seleccionada en primer lugar en viña y después en la bodega de nuevo. Y es que con ella elaboran Glorya, un vino homenaje a su madre, de fruta roja, estructurado, de taninos integrados y con una gran frescura…y es precisamente un buen rato después, que mientras lo estamos degustando en casa, aparece ella, preocupada porque todavía no hemos comido y se está haciendo tarde… y nos trae unos filetes de pollo rebozados con unos pimientos de su propia huerta asados… y ya estamos en… ¡la gloria!

Saúl nos dice que tenemos que ir a la bodega, que desde que vinimos la última vez han hecho cambios. La han pintado con una pintura especial que ayuda a la limpieza impoluta de la bodega. Y es que cuando se trabaja de forma tan natural y desnuda, con mínima intervención en la bodega hay que extremar la higiene. Además han quitado la mayor parte de los depósitos de inox y barricas de roble. Ahora entendemos la presencia de cinco depósitos de hormigón, preciosos, de proporciones áureas, imponentes, que esperan impacientes en el patio. Estos son energéticamente más sostenibles y sobre todo contribuirán a una mejor fermentación, maceración, microoxigenación y extracción de la uva.

De unas de las pocas barricas de roble francés que ha decidido guardar extrae una muestra que en cuanto la olemos ya alucinamos… primer sorbo… y los pelos de punta! Ostia que pedazo de vino! Es un vino natural que espera embotellar este mismo año. Saul sonríe. Es el camino que quiere seguir, vinos mas fáciles de beber, mas frescos. Antes de partir nos dice que tiene otra sorpresa en la sala de al lado. Allí tiene otro par de barricas. De una saca un blanco…¡ufa! ¡Otro pedazo de vino, tambien natural!

Nos despedimos con la ilusión, la emoción y la complicidad que nos da el proyecto colectivo que estamos poniendo en marcha, Biba Ardoak, y pensamos para nosotros «¡biba zu Saul, biba zuek Benjamin, Jose Luis, Glorya!» cuarta y quinta generación de viñerones, agricultores, artesanos comprometidos fuertemente con su tierra… y nada más montarnos en el coche ya queremos volver… y  pensamos que la espera hasta otoño se va a hacer larga.

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